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A diario el cerebro recibe grandes cantidades de información que debe clasificar, cada vez se va normalizando el “dato al instante” vía redes sociales y en nuestra sociedad se imita el fenómeno ochentero de canales exclusivos para emitir noticias todo el día. Sin embargo, esta explosión de mantener comunicada a la ciudadanía por diversos frentes, tiene una constante, la crueldad humana, tal vez porque atrae mayor atención (morbo) y por ende da mejores dividendos; en medio de este bombardeo informativo negativo se filtra una palabra sin mucha explicación: psicópata.

Al mencionar el termino psicópata un ciudadano promedio fácilmente lo asocia con el asesino serial de las películas, con el descuartizador de alguna zona pobre o el sádico de saco y corbata; considera al psicópata como una persona ajena a su realidad porque ninguno de sus pares se parece a los personajes descritos. Pero estas ideas no son tan exactas, porque los psicópatas, según estadísticas optimistas, representan el 1% de la población y no siempre son homicidas o producen dolor físico (salvo sea necesario para ellos), un psicópata a refinado su capacidad de camuflarse, pasar inadvertido, incluso ser un personaje simpático e influyente para poder ingresar a cualquier grupo y obtener lo que desea.

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El psicólogo y coautor del libro Snakes in Suits: When Psychopaths Go To Work,  Robert Hare, los denomina “depredadores sociales”, con una característica que los distingue del resto, un psicópata no sabe lo que es la empatía, es decir, jamás entenderá como se sienten los demás, pueden compartir ideas referidas al campo cognitivo pero nunca del área emocional, pero fingen hacerlo porque necesitan satisfacer sus deseos. Es a partir de su capacidad de aparentar que vamos desintegrando el perfil del psicópata, tenemos entonces a un mentiroso por excelencia, preocupado por su aspecto externo , ya que es su tarjeta de presentación, que actúa diversos personajes dependiendo de las circunstancias y las posibles ganancias que tendrá desarrollándolo, por lo tanto debemos desterrar la idea errónea del psicópata como un Jack el Destripador, hoy generalmente sonríen y realizan calculadamente comportamientos socialmente aceptados.

El psicópata tampoco conoce el remordimiento, destruirá a todo aquello que se interponga en la obtención de su meta, porque necesita auto gratificarse, es especialista en reconocer a personas en estado vulnerable, ve en ellas una oportunidad para aprovecharse y las considera inferiores, el psicópata es un egocéntrico que se siente superior a todos y buscan puestos donde puedan ejercer poder y manipular. No obstante cuando obtienen lo deseado no experimentan felicidad o satisfacción, todo lo contrario sienten rabia, frustración e incremento de su deseo sexual. A decir del célebre difusor de la ciencia, Eduard Punset: “Son incapaces de prever el impacto de su conducta sobre los demás; no se enteran…son incapaces de planificar de cara al futuro.” (Punset 2012)

El lector ahora comenzará a visualizar algunos rostros, como de aquella persona que notoriamente simula emotividad, campeona en sembrar rumores, que hace sufrir de algún modo a su entorno o también recordará a más de un político vanidoso, aficionado a sonreír para las cámaras,  pero que no tiene escrúpulos para acceder al poder, dejar a su comunidad en ruinas mientras él se enriquece ilícitamente. El lector no está del todo equivocado, pero recalcó que la característica esencial de un psicópata es la imposibilidad de empatía.

A principios de este año, el investigador británico Clive Boddy dedujo “que la crisis financiera de 2007-2008 provocó la creciente proliferación de personalidades psicopáticas en las oficinas…” (Voigt 2012), y esta idea se refuerza porque es sabido que grandes hombres de finanzas conocían  las repercusiones fatales de su ambición y no obstante actuaron para acrecentar sus ingresos.

Continuará…

La historia nos muestra los conflictos entre potencias y su obsesión por tener un ejército cada vez más eficiente, para ello ha recurrido a diversos métodos, podemos mencionar por ejemplo los entrenamientos desde edad infantil, la insensibilización al terror o la promoción de la crueldad en grupos de élite de varias culturas y que inclusive algunas prácticas continúan en distintas partes del mundo.

En el tiempo que nos ha tocado vivir, este interés del mejoramiento militar ya no se fija exclusivamente en el uso de la fuerza física o de armas cinéticas, el avance de las ciencias ha revolucionado de forma rápida el paisaje social en todas sus manifestaciones, obviamente estas se producen en países industrializados con la capacidad tecnológica y económica. Una de las áreas con mayor desarrollo es la neurociencia, que se encarga de estudiar “el sistema nervioso central (cerebro y la médula espinal) y periférico (redes nerviosas en todo el cuerpo) así como de la evolución de la comprensión del pensamiento humano, la emoción y el comportamiento” (Society for Neuroscience 2012). Tal es el grado de descubrimientos, que la inversión por parte de las potencias y empresas de armas se ha incrementado a partir de la segunda mitad del siglo XX[1].

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Si bien este uso bélico de las neurociencias no es un evento espontaneo y totalmente novedoso, podemos tener un punto de partida en la Guerra Fría, época en la cual se producen experimentos de resistencia física y mental, en la mayoría de casos sin consentimiento del sujeto o como menciona el informe Brain Waves[2], lo ocurrido en Reino Unido durante la década del cincuenta y el inicio de los estudios de agentes químicos incapacitantes, en especial psicotrópicos  para programas militares, resaltando los trabajos en Porton Down[3] con productos químicos, tales como los derivados de glicolato, que actúan sobre el sistema nervioso parasimpático. (Royal Society 2012)

En los últimos años, la desclasificación del Proyecto 112 (De Martos 2012), muestra las pruebas que se hacían en soldados con el incapacitante BZ o el alucinógeno LSD, así como otros compuestos químicos para probar antídotos, medir su potencial destructivo y determinar si era posible controlar el cerebro humano,  todo ello orquestado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Ejército de Estados Unidos, comprometiéndose a varios científicos de la Universidad de Oklahoma. (Bonete 2010).

De acuerdo a lo publicado, se calcula que entre 1955 y 1975 (plena Guerra Fría) en los cuarteles de Edgewood Arsenal (Maryland, EEUU) se sometió sin consentimiento a aproximadamente 7,800 soldados y cuyas consecuencias generalmente se dieron en la afectación del Sistema Nervioso Central, como principios de Parkinson.

En el primer bimestre del año 2012,  varios grupos de veteranos denunciaron ese atentado  a su integridad, que formaba parte del proyecto aprobado durante el régimen de John F. Kennedy y que a la fecha los soldados expuestos desconocen exactamente qué tipo de experimentación fue llevada a cabo con ellos.

Se podría mencionar también los experimentos realizados para medir el alcance de privación del sueño o armas químicas, como las realizadas por el Ejército nipón en el  Escuadrón 731 a mediados del siglo XX o recientemente la masificación de la tortura psicológica para obtener información, como sucede en el centro de detención altamente mediatizado, Guantánamo, y se podrían enumerar casos pasados y presentes de políticas de Estado secretas con la finalidad de utilización bélica de la neurociencia, así como del sujeto de experimentación. Están documentadas las constantes intenciones y acciones de algunos ejércitos de experimentar con su propia tropa, cuando no era posible hacerlo  con prisioneros en forma de tortura.

Los antecedentes de este tipo de aplicación a la neurociencia, nos alerta para tomar una serie de medidas y precauciones. De a pocos, grupos académicos han ingresado el tema al debate público desde la perspectiva ética, pero se debe considerar la rapidez de estos avances y por ello es necesario la participación de los múltiples actores comprometidos (militares, neurocientíficos, abogados, filósofos, etc.) para que se den pautas y límites.

Podemos concluir, que la aplicabilidad bélica de la neurociencia, sino cuenta con determinados parámetros, puede provocar un “efecto domino” de eventos funestos, sea desde su fase experimental o de activación en un conflicto armado, porque las consecuencias que genera repercuten en el aspecto más complejo del ser humano: el psiquismo.


[1] El profesor e investigador Jonathan Moreno menciona las cantidades de millones de dólares entregados  durante el año fiscal 2011,  signado en los informes del  National Research Council (NRC)  y del Departamento de Defensa (DoD), que revelan la financiación en temas de investigación neurocientífica por intereses de seguridad nacional, o la agencia Defense Advanced Research Projects Agency (DARPA), tuvo un apoyo por parte del estado de  $ 240 millones a diferencia de lo entregado al ejército ($ 55 millones), la marina de guerra ( $ 34 millones)  y la Fuerza Aérea ($ 24 millones).

[2] Proyecto de la Royal Society de Londres que investigó  la evolución de la neurociencia y sus implicaciones para la sociedad y la política pública.

 [3] Agencia Ejecutiva del Ministerio de Defensa Británico, destinado a la investigación militar.

Uno de los mayores cuestionamientos que propone la Neurociencia, es el tema del libre albedrio. En la década de 1960, Hans Helmut Kornhuber y Lüder Deecke informan a la comunidad científica internacional sobre lo que denominaron “Bereitschaftspotential” entendido en castellano como “potencial de disposición”, un cambio de tipo eléctrico en determinadas áreas del cerebro que anteceden a la realización de un acto. En la siguiente década el grupo de científicos liderados por Benjamín Libet[1], especifican el tiempo entre la realización de una acción y el acto volitivo, que concluyó en 350 milésimas de segundo al investigar el grado de activación de áreas localizadas del cerebro al excitarlas artificialmente. El experimento constaba que los voluntarios, sujetos de investigación, movieran la articulación de la muñeca cuando ellos sintiesen el impulso de hacerlo. Previamente era preparados con electrodos en la línea media del vértex craneal en el lado contrario a su predisposición de lateralidad (zurdos – hemisferio derecho o diestros – hemisferio izquierdo),  y su desempeño seria medido por  un electroencefalograma. A pesar que los experimentos de Libet eran marcadamente deterministas, él escribió que la “opción científica,  es la negación de la teoría determinista”, porque nuestras férreas creencias también son determinantes.

De otra parte, el presidente emérito del Instituto Max Planck Institute para investigación del cerebro, Wolf Singer, publica en 2004 en Deutsche Zeitschrift für Philosophie, el artículo “Experiencia propia y descripción neurobiológica ajena – Dos fuentes de conocimiento cargadas de conflicto”[2], que trataba sobre sus investigaciones desde 1981 sobre la relación del libre albedrío con la culpabilidad, estudiada en especialidades como el derecho penal;  el autor niega categóricamente la existencia de esta capacidad decisoria desde la perspectiva neurobiológica, porque la toma de decisiones es trabajo exclusivo del cerebro. Consecuentemente, se desbaratan conceptos como “sujeto racional”, es decir, sujeto con capacidad de elección que en caso cometiese un ilícito seria sujeto de responsabilidad porque tuvo la posibilidad de elegir otro camino no transgresor.  Libet se pondría de parte de la idea que dicho sujeto no es responsable,  porque en su actuar se impusieron determinados procesos neurobiológicos participes de las facultades volitivas e intelectivas.

Cuando Peces – Barba explica sobre la libertad de elección como aquella libertad “ que nos permite escoger entre diversas posibilidades y que, junto a otros rasgos, como el lenguaje o las capacidad de abstraer y construir conceptos generales, nos distingue de los demás animales” [3], Wolf Singer desde su área respondería que,  esa idea de hombre libre se hace cada vez mas difusa, porque lo que el sujeto cuenta como “decisión libre y voluntaria no es otra cosa que la justificación posterior de cambios de estado que de cualquier forma sucederían en el cerebro, el cual no toma decisiones de forma arbitraria, sino que éstas se basan en experiencias acumuladas.” [4]

Lo anterior es un determinismo a favor de las actividades psíquicas superiores, en el caso de la determinación de culpabilidad, donde entra a tallar el tema de la libre elección, seria imposible evitar lo que hacemos, decide el sujeto en base a esos procesos neuronales detectables y con la posibilidad futura de ser  medibles y predecibles. Singer añade que aquellos que son condenados por la sociedad, no son mas que sujetos desafortunados que llegaron a la mayoría de edad con un cerebro imperfecto y con una serie de deficiencias que no le permiten adaptarse a la realidad en que viven. Lo que para Singer es una defensa del indeterminismo,  por parte de los filósofos del derecho (libre albedrio), no se sostiene de forma empírica por las reglas de la causalidad, en este caso determinismo neurobiológico.

[1] LIBET, Benjamin. “Do We Have Free Will?”. En: Journal of Consciousness Studies, 6, No. 8–9, 1999, pp. 47–57. http://www.centenary.edu/attachments/philosophy/aizawa/courses/intros2009/libetjcs1999.pdf (Consultado: 19 de junio 2012).

[2] SINGER, Wolf. “Selbsterfahrung und neurobiologische Fremdbeschreibung. Zwei konfliktträchtige Erkenntnquellen”. En: Deutsche Zeitschrift für Philosophie, núm. 2 (2004), pp. 235-255.Traducido por : Miguel Ángel Cano Paños, en: Revista Electrónica de Ciencia Penal y Criminología (en línea). 2010,núm. 12-r5, p. r5:1-r5:32. http://criminet.ugr.es/recpc/12/recpc12-r5.pdf (Consultado: 17 de junio 2012).

[3] PECES – BARBA, Gregorio. “Sobre el fundamento de los Derechos Humanos. Un problema  de Moral y Derecho”. En: Muguerza, Javier y otros” El fundamento de los Derechos Humanos”. Debate, Madrid  1989. P. 271

[4] SINGER, Wolf. Óp. Cit., pp 3 -4.

Ciencia y Guerra

Publicado: 29 julio, 2012 en PSICOLOGÍA
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La aplicación bélica de los avances científicos son de larga data y desde entonces se han buscado sujetos cada vez mas eficientes para cumplir sus objetivos, es decir, contar con la mejor calidad de elementos en todos los sentidos, tanto en ataque como en defensa y a la vez usar dichos adelantos para contrarrestar al enemigo, torturarlo o neutralizarlo. Las guerras antiguas se basaban en cantidad de hombres y a mayor capacitación de estos mayor probabilidad de vencer, pero los jefes necesitaban ahorrar recursos y la tecnología fue desplazando de a pocos a los ejércitos humanos por armamento creado. Dando un gran salto histórico y situándonos en un punto temporalmente cercano, durante la Primera Guerra Mundial el numero de bajas superó los diez millones de personas, sin contar los heridos, mutilados, discapacitados de por vida además de las consecuencias que se produjeron en el psiquismo de quienes participaron, así como de las victimas civiles. Los estados conocedores de  esa barbarie, intentaron de forma ilusa proscribir la guerra e implantar la paz; un hecho marca esta época de aspiraciones pacifistas: la creación de la Sociedad de las Naciones por el Tratado d e Versalles de 1919, basado en principios de cooperación, arbitraje de conflictos y seguridad. Serán las ideas del presidente estadounidense  Woodrow Wilson las que imperen este organismo. Pero esta institución estaba destinada al fracaso por una serie de errores políticos, como fue excluir a los países perdedores de la Primera Conflagración, a la Unión Soviética por no seguir el mismo modelo económico-social, asimismo  los países vencedores no acataban las resoluciones emitidas por la Sociedad de naciones y finalmente el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Nuevamente la maquinaria mortal  de las potencias buscaban como no obtener victorias pírricas, ya era posible superar la guerra de trincheras, que se suscito en la Primera Guerra Mundial y era un obstáculo que impedía el avance por el peligro de acabar en una segura la masacre de la tropa, la solución la hallaron con la fuerza aérea, tecnología desarrollada principalmente por la Alemania Nazi.

Los nazis necesitaban un ejercito perfecto  (para el futuro instituyeron políticas de eugenesia) que sea capaz de desempeñarse de forma impecable en todos los terrenos, la Holocaust Encyclopedia de Estados Unidos[1], narra en el articulo “Los experimentos nazis”, como estos buscaban mejorar a su ejecito y dividieron las investigaciones en tres grupos:

Mejoramiento de la supervivencia del personal militar, en especial de la Fuerza Aérea, se experimento con la resistencia a la altura, que reproducía las condiciones adversas que podría pasar un piloto alemán al ser eyectado de su avión y que estaría a grandes alturas y bajas temperaturas en caída libre, para ello utilizaban prisioneros llevándolos cuartos presurizados, herméticamente sellados y con una presión similar a la de vuelo y las grandes alturas sin oxigeno, como es lógico muchos fallecieron.

De otra parte  frente a las bajas en Rusia victimas de hipotermia, se optó por congelar  prisioneros en tinas de agua con hielo y luego se intentaba revivirlos por diversos medios. Finalmente, se trato de resolver el problema que tenían en la supervivencia  de los soldados bebiendo únicamente agua mar, en este caso a los prisioneros se les hacia consumir agua salada para medir su grado de resistencia y nuevas formulas de desalinización sin probar alimento alguno. Estos datos son los más resaltantes en lo que respecta al problema de los estados en conflicto de obtener un ejército con soldados superiores, es probable que a la par lo hayan realizado otros gobiernos.

La Segunda Guerra Mundial fue más funesta que su antecesora (se calcula cuarenta millones de bajas), repercutió en el cambio del orden mundial, en el deceso de la Sociedad de Naciones y posterior nacimiento de las Naciones Unidas además de los cambios institucionales que se fueron presentando.

La historia demuestra que la idea de la paz estaba lejos de hacerse real y todo lo contrario, nuevamente la carrera armamentista se reforzaba; durante la Guerra Fría es de conocimiento publico la continuidad de experimentación especialmente con soldados como sujetos de muestra para experimentos de resistencia y generalmente sin conocimiento del individuo.

En los últimos años la desclasificación del Proyecto 112[2], muestra las pruebas que se hacían en soldados con el incapacitante BZ o el alucinógeno LSD, así como otros compuestos químicos para probar antídotos y medir su potencial destructivo, todo como un plan orquestado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Ejército de Estados Unidos.

De acuerdo a lo publicado, se calcula que entre 1955 y 1975 (plena Guerra Fría) en los cuarteles de Edgewood Arsenal (Maryland, EEUU) se sometió sin consentimiento a aproximadamente 7,800 soldados y cuyas consecuencias generalmente se dieron en la afectación del Sistema Nervioso Central, como inicios de Parkinson.

A inicios del año 2012 varios grupos de veteranos denunciaron ese atentado  a su integridad, que formaba parte del proyecto aprobado durante el régimen de John F. Kennedy y que a la fecha los soldados expuestos desconocen exactamente que tipo de experimentación fue llevada a cabo con ellos.

Se podría mencionar también los experimentos realizados para medir el alcance de privación del sueño o armas químicas, como las realizadas por el Ejército nipón con el  Escuadrón 731 a mediados del siglo XX o últimamente la masificación de la tortura psicológica para obtener información, como con el centro de detención mas mediatizado, Guantánamo y se podrían enumerar casos pasados y presentes de políticas de estado secretas con la finalidad la utilización del hombre como sujeto de experimentación. Está documentado las constantes intenciones y acciones de algunos ejércitos de experimentar con su propia tropa, cuando no era posible hacerlo  con prisioneros a forma de tortura y por ello se firmaron innumerables convenios y tratados, se refuerza la presencia del derecho internacional humanitario.

Pero en los últimos tiempos, gracias a los tratados existentes , experimentar de esa forma es ilegal y conlleva a una serie de sanciones, por lo tanto el negocio de la guerra ha necesitado sofisticarse para no aparentar brutalidad, porque los medios masivos de comunicación difundirían de inmediato las masacres (por ejemplo la Misión Hierro Fundido contra población civil palestina), el actual negocio de la guerra ha puesto en la mira a los nuevos avances en neurología, que se suponen tienen la finalidad de evitar trastornos o curar enfermedades degenerativas para el bien de la humanidad. Estos avances podrían modificar muchos conceptos en la vida diaria del hombre, la información que se obtiene a diario abarca todas las áreas en las cuales se desarrolla, considerando que la materia de estudio es el cerebro humano, el centro donde empieza la realidad de todos los individuos.


[1] UNITED STATES HOLOCAUST MEMORIAL MUSEUM. “Nazi Medical Experiments”. En: Holocaust Encyclopedia,  11 de Mayo de 2011, Washington: http://www.ushmm.org/wlc/en/article.php?ModuleId=10005168 (Consultado: 24 de junio 2012).

[2] DE MARTOS, Cristina. “Los soldados utilizados como ‘conejillos de indias’ denuncian al Gobierno de EEUU”,  2 de Marzo de 2012, Madrid: http://www.elmundo.es/elmundosalud/2012/03/02/noticias/1330696216.html (Consultado: 30 de junio 2012).

CONFIGURANDO PROTOTIPOS

Publicado: 22 julio, 2010 en PSICOLOGÍA

La ausencia de absoluta racionalidad del hombre en cualquiera de sus actos, nos dejan a la deriva emocional; desde sí, la información que esta predeterminada al nacer como la que iremos adquiriendo en el tiempo, está totalmente sesgada y la memoria es un ícono por antonomasia.

Pero como demostrar la poderosa interferencia emocional ante aquellos que se consideran al menos 50% racionales;  un sencillo ejemplo se pueda dar dentro del complejo ejercicio de toma de decisiones, en el presente artículo definiré someramente el Efecto Halo  o Sesgo Cognitivo que generaliza una característica especifica al todo.

Desde Thorndike con su publicación en Journal of Applied Psychology (1912) donde bautizó este fenómeno, hasta las últimas declaraciones del psicólogo Gary Marcus, la presencia de este concepto siempre la hallaremos, en nuestras más concienzudas opiniones. Cuando nos enfrentamos a una característica aislada del individuo y esta se expande hacia su personalidad o aptitudes, pese a que dicha característica no tenga relación directa con la evaluada, el Efecto Halo prima en el discernimiento y es que la subjetividad es tan poderosa como para crear una verdad personal, donde frente a un factor positivo se generaliza a toda la persona, contrario al Efecto Horn que lo hace en lo negativo. La percepción de personas nos da una idea  referente “a las emociones que dichas personas experimentan, nos permite formarnos una impresión relativamente unificada de ellas, realizar atribuciones sobre la causa de su conducta y, en última instancia, nos permite actuar de una determinada manera” (Moya, 1994).

Este efecto, al tratarse de simples dictámenes domésticos no causan ningún tipo de daño, incluso suelen ser  útiles por la rapidez de respuesta que conlleva un prejuicio y no el complejo trabajo de buscar la razón de la razón y así infinitamente; pero un supuesto problema surge en materias especificas poniendo en riesgo el análisis de una investigación o la selección de personal, considérese que quienes realizan este tipo de actividades son seres humanos con creencias, paradigmas y conceptos que se han ido reforzado dependiendo de la cultura de donde provienen, la educación recibida o las eventualidades vividas con las consecuencias que conllevan, victimas también de la contaminación mental que se va adhiriendo en nuestra memoria donde todo información se confunde con la precedente y luego mimetizan, haciendo difícil la separación; sus valoraciones se basaran en función de lo anterior.

Categorizar basados en el nivel de semejanza de la persona sobre la que opinamos y otra típica que nos resulta familiar, genera configuraciones de personalidad prototípicas frecuentes en nuestra subcultura. Un prototipo puede considerarse como «una base organizacional para estructurar la codificación de información nueva que nos llega de una persona, suministra expectativas sobre su conducta futura y ayuda a la recuperación de su conducta pasada» (Cantor y Mischel, 1979, p. 42).

Gary Marcus lo explica con un evento reciente, citando el común prejuicio que todos los cantantes son atractivos y, si alguien cobra presencia en una dimensión (físicamente atractivo), automáticamente consideramos  que lo hace en las demás dimensiones (cantar de forma óptima). Pero hay un shock momentáneo cuando, verbigracia, sucede un caso mediático como el de Susan Boyle, una mujer no muy atractiva que tenía un registro vocal admirable y es donde nos damos cuenta que cierta característica no determina un todo y que no existe una especie de conexión automática entre estas. Las características físicas son independientes del registro vocal aunque lo usual sea que los músicos son atractivos además de ser excelentes cantantes y si conocemos a alguien atractivo, aunque no cante bien , tendemos a imaginar que lo hace mejor de lo que realmente realiza, al menos inicialmente.

A modo de conclusión, podríamos afirmar que todo lo anterior se sedimenta en la memoria, un producto de la evolución aunque impreciso dentro de una estructura no muy sofisticada pero si compleja, el hipocampo y la corteza pre frontal, cada día reforzada y contaminada mediáticamente haciendo de este efecto casi imposible de evitar.